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Es muy común encontrarme en sesión con personas que son muy exigentes consigo mismas. La autoexigencia es la tendencia a ponerse metas muy altas y a medir nuestro valor en función de si conseguimos cumplirlas o no. La persona siente que solo está a la altura cuando logra lo que se propone y, si no lo consigue, ha fallado de alguna manera.

Las personas con altos niveles de autoexigencia suelen caracterizarse por ser muy disciplinadas y responsables con sus quehaceres. Intentan tener todo bajo control y se piden dar el máximo en aquellas áreas que consideran importantes en su vida (estudios, trabajo, deportes, relaciones, desarrollo personal etc.) Suelen ser personas organizadas, comprometidas y perseverantes, cualidades que socialmente se valoran de forma positiva.

Estoy de acuerdo en que todos tenemos que ser responsables con nuestras obligaciones y que una mayor organización suele facilitar mejores resultados. El problema aparece cuando la vida comienza a girar exclusivamente en torno a rendir al máximo. Cuando el objetivo deja de ser aprender, crecer o disfrutar de lo que hacemos y pasa a ser demostrar constantemente que estamos a la altura.

En ese punto, la autoexigencia deja de funcionar como un aspecto positivo convirtiéndose en una fuente constante de presión.

Cuando invertimos gran parte de nuestra energía en alcanzar el rendimiento que hemos idealizado y que, muchas veces es poco realista, cualquier resultado que no coincida con esa expectativa se vive como un fracaso personal.

La atención se centra tanto en el resultado final que el proceso pierde valor. Las personas dejan de disfrutar de aquello que antes les motivaba porque todo acaba convirtiéndose en una prueba que hay que superar. La vida se transforma en una lista interminable de objetivos que cumplir, y el disfrute queda pospuesto para más adelante.

Desde la psicología clínica, este patrón suele ir acompañado de altos niveles de ansiedad y de rumiación. La mente entra en bucle con pensamientos repetitivos sobre lo que se debería haber hecho mejor, lo que todavía falta por conseguir o lo que podría salir mal en el futuro. A esto se suman sentimientos de frustración, agotamiento y, en muchos casos, tristeza.

Aprender a gestionar la autoexigencia no significa dejar de esforzarse ni renunciar a las metas personales, significa cambiar la relación que tenemos con ellas.

Implica permitirnos cometer errores, reconocer nuestros límites y entender que el valor personal no depende únicamente del rendimiento o el cumplimiento de objetivos.

Muchas veces utilizo en terapia la metáfora de la mochila para explicar la autoexigencia. Es un ejercicio sencillo que cualquiera puede poner en práctica para reflexionar sobre sus propias metas.

Imaginemos que nos planteamos como objetivo alcanzar el máximo rendimiento posible en todas las áreas de nuestra vida.

Ahora pensemos en dos mochilas.

En la primera mochila vamos a meter todo lo que nos cuesta alcanzar ese objetivo: el tiempo que tenemos que dedicar, el esfuerzo constante, el cansancio, la presión por hacerlo bien, posibles cambios en la alimentación, en los horarios o en el descanso.

En la segunda mochila vamos a guardar todo aquello que podemos ir perdiendo por el camino al intentar llegar a esa meta: el autocuidado, el tiempo para descansar, las relaciones sociales, los momentos de disfrute personal o incluso la capacidad de disfrutar del propio proceso.

Ahora imaginemos que vamos a hacer un viaje y que solo podemos salir cargando con la primera mochila, la del esfuerzo y el coste. Además, nadie nos asegura que cuando volvamos podamos recuperar lo que dejamos en la segunda.

¿Intentaríamos alcanzar ese objetivo exactamente de la misma manera y con los mismos costes o buscaríamos otra forma de hacer el viaje más llevadero y con menos pérdidas por el camino?

Se trata de sacar aquello que ya no nos sirve, de recolocar algunas cosas o de permitirnos caminar a un ritmo más humano.

A veces la autoexigencia nos empuja a mirar únicamente la meta final, olvidando preguntarnos si el modo en que estamos caminando hacia ella merece realmente la pena.

PsiCorazonyMente

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