¿Cuántas veces a lo largo de tu vida ha sido necesario poner freno a alguien o a algo y aun así te has quedado bloqueado? Probablemente más de las que te gustaría reconocer. Y no porque no sepas lo que te hace daño, sino porque poner límites es incómodo, genera dudas y muchas veces, miedo.
En terapia esto aparece constantemente. Personas que conviven con un malestar sostenido, muchas veces provocado por alguien cercano, y que aun así no consiguen hacer nada para cambiar esa situación.
Aquí entran en juego varios factores. La personalidad, el tipo de vínculo (no es lo mismo una pareja, un amigo, un compañero o un familiar) y, sobre todo, los patrones que se han ido construyendo y permitiendo con el tiempo. Nadie pasa de tener límites claros a no tenerlos de un día para otro, es algo que se va diluyendo poco a poco casi sin darse cuenta.
Llega entonces ese punto en el que decir “esto no lo voy a seguir permitiendo”, “no me haces bien” o “necesito tomar distancia” se siente como una montaña. No solo por lo que implica decirlo, sino por las consecuencias de hacerlo. Poner límites no es solo comunicar, también es sostener la incomodidad propia y ajena.
Muchas veces hay un miedo profundo al conflicto, al rechazo, a la pérdida o a no ser querido. Además, aparecen creencias tipo “si digo que no, soy mala persona”, “tengo que aguantar para que la relación funcione” o “mis necesidades no son tan importantes”. Estas ideas, aunque parezcan inofensivas, acaban colocando a la persona en un segundo plano constante.
Como decía anteriormente, la dificultad de poner límites no está únicamente en comunicar si no en las consecuencias que conlleva. A corto plazo puede parecer que evita conflictos, pero, a medio y largo plazo suele generar consecuencias psicológicas importantes.
Es habitual ver ansiedad, una sensación constante de estar en alerta o de no poder relajarse del todo. Resentimiento hacia la otra persona, pero sobre todo hacia uno mismo por no haber actuado antes. La autoestima se ve alterada ya que, cada vez que no te posicionas, estás invalidando lo que sientes. En muchos casos se desarrolla una especie de desconexión interna, ya no sabes muy bien qué necesitas o qué quieres, porque te has acostumbrado a priorizar siempre al otro.
En situaciones mantenidas en el tiempo, pueden aparecer síntomas depresivos, sensación de vacío o relaciones cada vez más desequilibradas, donde uno da y el otro recibe sin ningún tipo de reciprocidad.
Estas dinámicas tienden a repetirse. Si no aprendes a poner límites en un contexto, es probable que ese mismo patrón aparezca en otros ámbitos de tu vida.
Aquí es donde la terapia psicológica cobra especial importancia. Trabajar en terapia permite conocer el motivo por el cual cuesta tanto hacerlo, identificar esos miedos, cuestionar las creencias que los sostienen y, poco a poco, empezar a ensayar nuevas formas de relacionarte. Poner límites no es algo que se aprenda solo con teoría. Se entrena, se practica y se acompaña.
Es importante entender que poner límites no es ser egoísta, ni frío, ni distante. Es responsabilizarte de tu bienestar emocional. Es decir “esto me afecta y voy a hacer algo al respecto” y que la otra persona se moleste no significa que estés haciendo algo mal, significa que estaba acostumbrada a una versión de ti que ahora estás dejando atrás.
Poner un límite no suele ser agradable pero sí es necesario porque cada vez que no lo haces, te dejas un poco de lado. Y cada vez que sí lo haces, aunque cueste, te estás eligiendo. Y eso a la larga no solo mejora tus relaciones, sino también la relación más importante de todas. La que tienes contigo mismo.




