Estamos en agosto. Para muchas personas, este mes tiene algo de contradictorio.
Todavía huele a verano, a descanso y a tiempo libre, pero, al mismo tiempo, comienza a recordarnos que todo eso tiene fecha de caducidad. Las vacaciones terminan, las temperaturas empiezan poco a poco a cambiar, se aproxima la vuelta al colegio, al trabajo, a los horarios y, en definitiva, a eso que conocemos como rutina.
Pero ¿qué ocurre cuando escuchamos esta palabra?
Probablemente, aparezcan pensamientos como monotonía, aburrimiento, obligación, cansancio o falta de libertad. Hemos aprendido a entender la rutina como algo negativo, como aquello que nos atrapa y nos aleja de una vida más libre. Sin embargo, deberíamos empezar a mirarla desde otra perspectiva ya que nuestra rutina puede convertirse en nuestro refugio.
Tendemos a valorar constantemente lo extraordinario. Hacer planes, viajar, aprovechar el tiempo, experimentar cosas nuevas, ser productivos… Parece que descansar, repetir, permanecer o simplemente tener días previsibles tiene menos valor. Y, sin embargo, nuestra mente también necesita previsibilidad.
La incertidumbre puede resultar agotadora cuando emocionalmente no nos encontramos bien. Tener ciertos puntos estables en nuestro día puede ofrecer una sensación de seguridad y de continuidad.
Cuando atravesamos momentos emocionalmente complicados, cuando sentimos que hemos perdido la motivación o cuando determinados acontecimientos hacen que nuestra vida parezca desordenarse, establecer pequeñas rutinas puede convertirse en una forma de recuperar cierta sensación de control.
No estoy hablando de llenar cada minuto del día ni de imponernos horarios imposibles, tampoco de convertir nuestra vida en una lista interminable de obligaciones. Hablo de algo mucho más sencillo. Levantarnos aproximadamente a la misma hora, asearnos, alimentarnos de manera regular, salir de casa, caminar, realizar alguna actividad que nos resulte agradable, mantener contacto con otras personas, reservar un momento para descansar y procurar respetar nuestros horarios de sueño.
En consulta es frecuente encontrar personas que manifiestan apatía, desgana, pérdida de interés o dificultad para disfrutar de actividades que anteriormente les producían placer. Cuando exploramos cómo está siendo su día a día, en muchas ocasiones aparece un elemento común: la ausencia de estructura.
Cuando no existe ningún tipo de rutina, el día puede convertirse fácilmente en una sucesión de horas difíciles de diferenciar. Nos levantamos sin saber muy bien para qué, dejamos pasar la mañana, posponemos actividades, nos aislamos, disminuimos nuestra actividad física y social y, finalmente, llega la noche sin haber encontrado demasiados motivos que nos hayan hecho sentir activos o conectados.
Y aquí aparece una cuestión psicológica importante: muchas veces esperamos a tener ganas para hacer las cosas, cuando en determinadas situaciones necesitamos hacer pequeñas cosas para que las ganas comiencen a aparecer.
Cuando estamos desanimados, nuestra tendencia natural puede ser retirarnos. Si no tenemos energía, dejamos de salir. Si dejamos de salir, disminuyen nuestras experiencias agradables. Si disminuyen esas experiencias, podemos sentir todavía menos motivación. Y así, casi sin darnos cuenta, entramos en un círculo que se alimenta a sí mismo.
Por eso una rutina saludable puede ayudarnos a recuperar actividad, estructura y contacto con aquellas cosas que sostienen nuestro bienestar. Además, conseguir pequeños objetivos, aunque sean sencillos, puede cambiar nuestra relación con el día a día.
Quizá por eso deberíamos dejar de utilizar la palabra «rutina» como si fuera sinónimo de aburrimiento y exigencia. Se trata de construir un patrón de actividad que nos cuide y nos ayude a sostenernos durante todo el año.
Sanar no siempre consiste en hacer grandes cambios. A veces comienza con algo tan sencillo como volver a levantarnos, abrir la ventana, ducharnos, desayunar y decidir qué pequeña cosa queremos hacer hoy.
Recuperar una rutina no significa volver a la vida de antes. Significa empezar, poco a poco, a construir una vida en la que queramos volver a estar.




