Cuando se acercaban las fechas navideñas, pregunté a mis pacientes cuáles eran sus propósitos de Año Nuevo o qué mejoras se planteaban hacer.
Me llamó mucho la atención sus respuestas puesto que muchos de ellos referían que querían limitar el tiempo de uso de las redes sociales o teléfono móvil ya que consideraban que perdían parte de su vida así y esto me hizo reflexionar.
Si te pones a pensarlo, ¿a cuántos conciertos o festivales has asistido y has vivido la experiencia sin grabar parte de las canciones o a sus artistas y disfrutando del momento? En el cumpleaños de un familiar a la hora de soplar las velas, ¿has disfrutado del momento de cantar junto a todos el “cumpleaños feliz” y ver a la persona pedir un deseo o directamente has ido a hacerle un vídeo?
Si has realizado un viaje recientemente, cuando te has situado frente a un monumento emblemático, ¿realmente has apreciado la belleza del mismo o has hecho una fotografía y has avanzado sin informarte de su valor cultural?
Lo que me hace pensar, ¿Cuántos momentos nos estamos perdiendo por intentar capturarlos en vez de vivirlos?
Las redes sociales favorecen lo que en psicología llamamos la Evitación Experiencial, es decir, la desconexión del momento presente. A través de la pantalla evitamos el aburrimiento, la incomodidad, el silencio o incluso el simple hecho de estar con nosotros mismos. Y, cuanto más evitamos, más nos alejamos de la experiencia de vivir.
Mi desarrollo académico me ha permitido formarme en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), ¿la conocéis?, desde dicha terapia se entiende que el sufrimiento humano es la cara B de la moneda de vivir. Es algo natural y que forma parte de la vida de todos y la lucha constante por no sentirlo únicamente lo aumenta. La ACT nos guía a aceptar el sufrimiento como parte de la vida, sin intentar suprimirlo y vivir en conexión con nuestros propios valores.
Las redes sociales, en este sentido, se convierten en una vía rápida de escape cuando hablamos de sufrimiento. A partir de ellas desplazamos nuestra atención hacia lo que ocurre fuera para no conectar con lo que ocurre dentro. El problema no es el uso en sí, sino el coste que tiene en nuestra capacidad de estar presentes y comprometidos con aquello que realmente importa.
La experiencia deja de vivirse para ser sentida y pasa a vivirse para ser mostrada. La pregunta ya no es “¿qué estoy experimentando?”, sino “¿cómo se verá esto desde fuera?”. Entramos así en una lógica de comparación constante, donde el valor personal parece medirse en likes, visualizaciones o seguidores, alejándonos de nuestra propia identidad conectada con nuestros valores.
Vivir de acuerdo con los valores implica tomar decisiones conscientes, incluso cuando resultan incómodas. Implica guardar el móvil, sostener el silencio, mirar con atención y permitirnos sentir lo que esté presente, sin necesidad de compartirlo o validarlo inmediatamente.
Mi intención con este artículo no es ofrecer un punto de vista negativo sobre las redes sociales sino invitar a la reflexión sobre el lugar que ocupan en nuestra vida.
¿Las utilizamos como herramientas que puedan servirnos favorablemente para disfrutar conscientemente de nuestra vida o se han convertido en un piloto automático que nos aleja de ella? La presencia es un acto de compromiso con uno mismo y con lo que da sentido a nuestra vida.
Quizá la verdadera pregunta no sea cuánto tiempo pasamos en redes, sino cuánto tiempo estamos realmente presentes en nuestra propia vida. Porque los momentos más valiosos no siempre se capturan en una imagen, pero sí se quedan grabados cuando los vivimos de verdad.




