Si lo pensáis, cuando os preguntaban de pequeños sobre vuestro futuro “adulto”, seguro que la mayoría proyectabais el deseo de tener un trabajo ideal, una buena economía, una vivienda bonita, una pareja estable y comprometida, ¡incluso hijos y mascotas!
Todo esto está genial y a la vez muy lejos de la realidad social que nos rodea. Compra de pisos inaccesibles, alquileres que parecen hipotecas y relaciones que se deshacen más rápido que un like en redes sociales.
Hemos dedicado la mayor parte de nuestra vida a formarnos, crecer personal y laboralmente o ahorrar para no poder acceder a casi ninguna de las posibilidades nombradas anteriormente.
La odisea de vivir por tu cuenta
Comprar una vivienda suena a ciencia ficción y alquilar un piso empieza a ser un deporte extremo. Los precios están tan altos que con el sueldo de los jóvenes únicamente se puede pagar lo básico y aun así no siempre se puede. Es frustrante que uno de los principales objetivos de tu vida sea tener una vida independiente y sea imposible cumplirlo si no es compartiendo piso con más personas.
La falta de estabilidad económica no solo afecta al bolsillo, también afecta a como vemos nuestro futuro. Si nos comparamos con nuestros padres o generaciones anteriores, la mayoría de ellos pudieron cumplir con los objetivos de los que hablamos, pero, a día de hoy, nos vemos con alrededor de treinta años, súper formados, viviendo en casa de nuestros padres o compartiendo piso y con un sueño por cumplir.
El amor se va con cualquier empujón
Si observo a las personas que me rodean, ya sea en mi vida personal o a las personas que asisten a terapia psicológica conmigo, encuentro una falta de vínculo, compromiso y estabilidad en las parejas brutal.
Se carece mucho de empatía y validación, quedando por encima la falta de interés y el egoísmo. Las expectativas no siempre coinciden, las prioridades cambian cada dos meses y, cuando empiezan las dificultades, muchos prefieren salir corriendo antes que hablar.
Como consecuencia, el objetivo del que hablábamos al principio de “tener pareja e incluso hijos” también se percibe como inalcanzable. Parece muy difícil mantener una relación buena y estable durante un periodo de tiempo prolongado y, por lo tanto, la idea de tener niños o comprar casa de forma conjunta queda muy lejos.
“Todo el mundo avanza menos yo”
¿Quién no se ha comparado nunca con las personas que le rodean?, estamos en una edad en la que amigos cercanos nos informan de su matrimonio, otros anuncian que serán padres, compañeros de clase suben fotos de su casa recién comprada. Y tú, mientras, sintiéndote como si fueras el último en la fila sin saber muy bien por qué.
Ese contraste genera alegría por esas personas además de un malestar silencioso que muchos jóvenes cargan sin contarlo. Se mezcla la frustración con el sentimiento de fracaso personal, aunque no sea culpa de nadie más que de un sistema que no acompaña.
Ir al psicólogo
En medio de todo este caos emocional, lo más sensato y lo más sano es pedir ayuda. Ir al psicólogo no es señal de debilidad, ni un capricho, ni algo “innecesario”, al contrario, es una herramienta para entender qué sentimos, por qué lo sentimos y cómo podemos manejarnos en una realidad que muchas veces nos supera.
Un profesional puede ayudar a poner límites, a rebajar la autoexigencia, a desmontar comparaciones y a construir un proyecto de vida que, aunque no tenga casa propia o una boda a la vista, sea igualmente válido y pleno.
Los jóvenes no están fallando, están sobreviviendo en un contexto que se ha vuelto especialmente hostil. Y hablar del tema, reconocerlo y pedir ayuda cuando se necesita no solo es adecuado, sino necesario.




