Empezar algo nuevo siempre suena bien… hasta que llega el momento de hacerlo realidad. Cambiar de ciudad, empezar un trabajo, conocer gente nueva, terminar una etapa, una relación o simplemente decidir qué quieres hacer las cosas de otra manera. Los nuevos comienzos pueden ser emocionantes, pero también pueden generar dudas y miedos.
Y es completamente normal.
Muchas veces pensamos que para dar un paso adelante tenemos que estar seguros al cien por cien, sin dudas y sin miedo. Pero, siendo sinceros, casi nunca funciona así. A veces tenemos que avanzar precisamente con ese nudo en el estómago y aprender sobre la marcha.
Uno de los mayores miedos cuando empezamos algo nuevo es no saber qué va a pasar. Estamos acostumbrados a lo conocido, incluso cuando no nos hace especialmente felices. Lo desconocido, en cambio, no tiene instrucciones. Y eso puede hacernos imaginar todo tipo de situaciones: “¿Y si sale mal?”, “¿Y si no soy capaz?”, “¿Y si me arrepiento?”. Nuestra cabeza tiene una habilidad increíble para crear problemas que no existen todavía.
Una forma de enfrentarse a esos pensamientos es dejar de intentar tenerlo todo bajo control. No podemos saber exactamente cómo será el futuro, pero sí podemos decidir cuál será nuestro siguiente paso. En lugar de pensar en todo el camino, podemos centrarnos simplemente en avanzar un poco.
También ayuda recordar otras veces en las que tuvimos miedo y, aun así, lo hicimos. Probablemente hubo momentos en los que pensábamos que no íbamos a poder y finalmente pudimos. Quizá no salió exactamente como esperábamos, pero aprendimos algo por el camino. A veces olvidamos que ya hemos superado muchas cosas antes, y es importante recordarnos a menudo esa fortaleza que hay en nuestro interior.
Otra clave es aceptar que equivocarse forma parte del proceso. Un nuevo comienzo no tiene que ser perfecto. Podemos cambiar de opinión, cometer errores, empezar más despacio o incluso descubrir que aquello que creíamos querer no era para nosotros. Y no pasa nada. Cambiar de dirección también es avanzar.
Además, hablar con nuestro entorno puede hacer que todo parezca un poco menos aterrador. Contarle nuestros miedos a un amigo, al psicólogo/a, a un familiar o a alguien de confianza puede ayudarnos a ponerlos en perspectiva. Muchas veces, cuando decimos en voz alta lo que nos preocupa, nos damos cuenta de que no es tan enorme como parecía en nuestra cabeza.
Y, sobre todo, debemos tener presente algo muy valioso: tener miedo no significa que no estemos preparados. A veces significa simplemente que estamos haciendo algo que nos importa.
Los nuevos comienzos pueden ser incómodos, inciertos y hasta un poco caóticos. Pero también son una oportunidad para descubrir cosas nuevas, conocer otras versiones de nosotros mismos y darnos cuenta de que somos capaces de mucho más de lo que pensábamos.
Así que, si estás a punto de empezar una nueva etapa y tienes miedo, respira. No necesitas tener todas las respuestas ahora mismo. Empieza por algo pequeño, date tiempo y confía un poco más en ti, y si deseas que te acompañemos en el proceso, no dudes en contactar con nosotras.
Al fin y al cabo, nadie empieza una nueva historia sabiendo exactamente cómo va a terminar.




