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A lo largo de la vida, nos encontramos con situaciones que no salen como nos gustaría. A veces, las cosas no ocurren al ritmo que esperamos, los resultados no son los que habíamos imaginado o aparecen dificultades que no sabemos cómo resolver. Ante estas situaciones, es normal sentir enfado, tristeza, impotencia o decepción. Sin embargo, la forma en la que gestionamos estas emociones puede marcar una gran diferencia en nuestro bienestar y en nuestra salud mental.

La tolerancia a la frustración es la capacidad de afrontar aquellas situaciones en las que las cosas no salen como queremos, sin que el malestar nos impida pensar con claridad, actuar de manera adecuada o seguir adelante. No significa que tengamos que aceptar todo lo que ocurre sin quejarnos, ni que debamos evitar sentir emociones desagradables. Significa aprender a reconocer lo que sentimos, aceptar que no siempre podemos controlar lo que sucede y encontrar una alternativa de respuesta que nos ayude, en lugar de perjudicarnos.

En muchas ocasiones, yo como psicóloga me he puesto en duda y he llegado a sentir que estaba desbordada porque ciertas circunstancias se escapaban de mi control. Precisamente la frustración aparece cuando observamos o apreciamos una diferencia entre lo que esperamos y lo que realmente sucede. En estos momentos, es frecuente que aparezcan pensamientos como “esto no debería estar pasando”, “no puedo soportarlo” o “si no me sale bien, significa que no soy capaz”. Aunque estos pensamientos pueden surgir de forma automática, también pueden aumentar nuestro malestar y hacer que la situación parezca más problemática de lo que realmente es.

Por eso, es importante recordar que sentir frustración no significa que seamos débiles ni que no sepamos afrontar los problemas. Es una emoción humana que aparece cuando algo importante para nosotros no sucede en el momento o de la forma que deseamos. La dificultad no está necesariamente en sentirla, sino en cómo reaccionamos ante ella. Cuando la frustración nos supera, podemos responder impulsivamente, enfadarnos con los demás, abandonar una tarea antes de tiempo o tratarnos con demasiada dureza. En cambio, cuando aprendemos a gestionarla, podemos darnos un espacio para pensar, comprender qué está ocurriendo y elegir una respuesta más adecuada.

Una de las primeras herramientas que podemos incorporar cuando empezamos a sentir la frustración es aprender a detenernos antes de reaccionar. Cuando notemos que el enfado o la impotencia empiezan a aumentar, podemos hacer una pausa, respirar lentamente y darnos unos segundos antes de responder. No se trata de ignorar lo que sentimos, sino de evitar que la emoción decida por nosotros. En ocasiones, alejarnos un momento de la situación puede ayudarnos a recuperar la calma y verla desde otra perspectiva.

También es útil revisar nuestras expectativas. A veces, nos exigimos demasiado, esperamos resultados inmediatos o creemos que las cosas deberían salir bien a la primera. Sin embargo, equivocarse forma parte del aprendizaje, y no todo puede resolverse en el momento en que queremos. Sustituir pensamientos como “tengo que hacerlo perfecto” por otros como “puedo equivocarme y aprender de la situación” nos permite reducir la presión autoimpuesta.

Otra estrategia importante es diferenciar aquello que podemos controlar de aquello que no depende de nosotros. No siempre podemos cambiar las decisiones de otras personas, evitar los imprevistos o conseguir el resultado que deseamos. Sin embargo, sí podemos decidir cómo responder, qué actitud adoptar y qué pasos dar a continuación. Dedicar nuestra energía a lo que está en nuestras manos nos ayuda a sentirnos más capaces y a no desgastarnos intentando controlar lo incontrolable.

Por último, conviene fortalecer una actitud más comprensiva hacia nosotros mismos. Me encanta hablar de la autocompasión (tanto en consulta como tema de conversación con familia y amigos) porque generalmente no nos damos cuenta de que cuando algo sale mal, somos más críticos con nosotros que con cualquier otra persona. Nos reprochamos los errores, nos comparamos con los demás o interpretamos una dificultad como un fracaso personal. Sin embargo, hablarnos con respeto, reconocer y valorar nuestros esfuerzos y entender que todos tenemos límites nos ayuda a afrontar los momentos difíciles con mayor equilibrio. Ser comprensivos y compasivos con nosotros mismos no significa dejar de mejorar, sino hacerlo sin necesidad de castigarnos.

La tolerancia a la frustración no se desarrolla de un día para otro. Es una habilidad que se aprende y se afianza con la práctica, especialmente cuando empezamos a afrontar las pequeñas dificultades cotidianas de una manera diferente. Cada vez que conseguimos detenernos antes de reaccionar, aceptar que algo no ha salido como esperábamos o continuar intentándolo a pesar de las dificultades, estamos dando un paso en esa dirección.

PsiCorazonyMente

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